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Mozambique cuenta con una población
aproximada de 20 millones de habitantes y una densidad que no llega a
las 24 personas por kilómetro cuadrado. Tras la ralentización
demográfica de la década de los 80 producida por el conflicto bélico, la
tasa de crecimiento empezó a recuperarse a partir de 1992 para situarse
actualmente alrededor del 2,3 % anual. Una de las características
principales de la población de Mozambique es la juventud, con una media
de edad de 19 años y una esperanza de vida que no llega a los 40 años,
resultado de la desnutrición, las deficitarias condiciones sanitarias,
la malaria y, de forma cada vez más patente, el sida. Según el último
informe sobre Desarrollo Humano del PNUD, Mozambique ocupa el lugar 170
de una lista de 175 países examinados.
La estructura social de Mozambique está
directamente condicionada por la pobreza extrema, que afecta a más de la
mitad de los mozambicanos, y por la ancestral exclusión de la vida
nacional de la mayoría de la población que vive en zonas rurales y
practica la agricultura de subsistencia. Esta mayoría rural supone el 75
% de la población y además además es muy vulnerable a los ciclos
naturales de sequías e inundaciones.
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La dicotomía entre población rural y
urbana, es pues, mucho más relevante a efectos económicos y sociales que
las diferencias entre culturas, etnias, confesiones religiosas y
lenguas, que conviven de forma armónica en todo el país. Esta ambigüedad
campo-ciudad se complementa asimismo con la disparidad del sur más rico
y el norte más pobre. Es necesario señalar que en las grandes urbe como
Maputo, y especialmente en sus barrios periféricos, las oportunidades de
los que fueron desplazados por el conflicto o por las inundaciones o
ciclones son en gran medida mínimas o inexistentes. En estos barrios,
como Magoanine, As Mahotas, Laulane o Albacine, un espectacular
desarraigo y crecimiento poblacional está ocasionando marginalidad y
violencia.
Como en la mayoría de países de su
entorno, la mujer es el apoyo fundamental de las estructuras familiares,
incluidos los componentes productivos. A pesar de las grandes
diferencias culturales entre los modelos matriarcales y patriarcales que
coexisten en el país, la situación de la mujer, en términos generales de
educación, salud y acceso y control de los recursos, es peor que la del
hombre.
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